10. Vegetaciones

10. Vegetation                                                                                                                    Translation by Jack Schmitt
To the lands without name or number,
The wind blew down from other domains,
The rain brought celestial threads,
And the god of the impregnated altars
Restored flowers and lives.
In fertility time grew.
The jacaranda raised its froth
Of transmarine splendor,
The araucaria, bristling with spears,
Was magnitude against the snow,
The primordial mahogany tree
Distilled blood from its crown,
And to the South of the cypress,
The thunder tree, the red tree,
The thorn tree, the mother tree,
The scarlet ceibo, the rubber tree
Were earthly volume, sound,
Territorial existence.
A newly propagated aroma
Suffused, through the interstices
Of the earth, the breaths
Transformed into mist and fragrance:
Wild tobacco raised
Its rosebush of imaginary air.
Like a fire-tipped spear
Corn emerged, its stature
Was stripped and it gave forth again,
Disseminated its flour, had
Corpses beneath its roots,
And then, in its cradle, it watched
The vegetable gods grow…
And still on the prairies,
Like laminas of the planet,
Beneath a fresh republic of stars,
The ombú, king of the grass, stopped
The free air, the whispering flight,
And mounted the pampa, holding it in
With a bridle of reins and roots.
Arboreal America
Wild bramble between the seas,
From pole to pole you balanced,
Green treasure, your dense growth.
The night germinated
In cities of sacred pods,
In sonorous woods,
Outstretched leaves covering
The germinal stone, the births.
Green uterus, seminal
American savanna, dense storehouse,
A branch was born like an island,
A leaf was shaped like a sword,
A flower was lightning and medusa,
A cluster rounded off its resume,
A root descended in the darkness.

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10. Vegetaciones, Maria Farantouri

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10. Vegetaciones

A las tierras sin nombres y sin números
bajaba el viento desde otros dominios,
traía la lluvia hilos celestes,
y el dios de los altares impregnados
devolvía las flores y las vidas.

En la fertilidad crecía el tiempo.

El jacarandá elevaba espuma
hecha de resplandores transmarinos,
la araucaria de lanzas erizadas
era la magnitud contra la nieve,
el primordial árbol caoba
desde su copa destilaba sangre,
y al Sur de los alerces,
el árbol trueno, el árbol rojo,
el árbol de la espina, el árbol madre,
el ceibo bermellón, el árbol caucho,
eran volumen terrenal, sonido,
eran territoriales existencias.

Un nuevo aroma propagado
llenaba, por los intersticios
de la tierra, las respiraciones
convertidas en humo y fragancia:
el tabaco silvestre alzaba
su rosal de aire imaginario.
Como una lanza terminada en fuego
apareció el maíz, y su estatura
se desgranó y nació de nuevo,
diseminó su harina, tuvo
muertos bajo sus raíces,
y luego, en su cuna, miró
crecer los dioses vegetales.
Arruga y extensión, diseminaba
la semilla del viento
sobre las plumas de la cordillera,
espesa luz de germen y pezones,
aurora ciega amamantada
por los ungüentos terrenales
de la implacable latitud lluviosa,
de las cerradas noches manantiales,
de las cisternas matutinas.
Y aun en las llanuras
como láminas del planeta ,
bajo un fresco pueblo de estrellas,
rey de la hierba, el ombú detenía
el aire libre, el vuelo rumoroso
y montaba la pampa sujetándola
con su ramal de riendas y raíces.

América arboleda,
zarza salvaje entre los mares,
de polo a polo balanceabas,
tesoro verde, tu espesura.

Germinaba la noche
en ciudades de cáscaras sagradas,
en sonoras maderas,
extensas hojas que cubrían
la piedra germinal, los nacimientos.
Útero verde, americana
sabana seminal, bodega espesa,
una rama nació como una isla,
una hoja fue forma de la espada,
una flor fue relámpago y medusa,
un racimo redondeó su resumen,
una raíz descendió a las tinieblas.

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